Afortunadamente, supe hacer imponer la pausa en el momento determinado. Las autoridades de la época eran proclives a la rápida fogata de San Juan a la hora de la publicidad. Me había costado ganarme el respeto dentro de la runfla de brutos de la brigada antinarcóticos, incapaces de saber ganar las espaldas de César para matarlo. Fue lo suficiente como para que fuera un poquito más importante escuchar dos o tres palabras mías que hacer brillar el fósforo verdugo con un movimiento dactilar rutinario. Lo importante para esos hombres a merced de su testosterona y su estómago era terminar rápido y no necesariamente terminar bien. Qué importaba el proceso, y qué decir de la belleza, como no fuera un culo, si acaso repararan en su redondez más que en su oquedad.
La droga estaba envuelta en papeles de los más diversos. Una rareza.
Yo era una rareza en el departamento policial, un detalle curioso. Pero me dieron grado y eso importa en el funcionamiento de la máquina.
No era lo normal. Faltaba la prolijidad del gran traficante. Lo común es que los paquetes sean bastante homogéneos, que se note la mano del embalador. Éstos eran desde todo punto de vista desparejos, como si varios hubieran intervenido en la tarea, sin plan. ¿A quién se le ocurriría y para qué? Quizá fuera una señal y había que analizarla. Se lo dije a los milicos que, expeditivos, ya habían apartado su porcentaje. Empecé a tomar los paquetes uno por uno, tratando de ver por lo menos qué papeles hacían las veces de envoltorios. Encontré hojas de los anuncios clasificados, papeles de dos o tres fábricas de pastas, ofertas de supermercados, deberes de escolares y materiales impresos de los tipos más raros. Se me cayó un paquete, que soltó su polvo en polvorosa. Los perros adictos ni se movieron, como no se habían movido en todo el procedimiento. Supe que nos habían cantado errado. Los papeles variopintos envolvían talco que nos mojaba la oreja.
Me divirtió la frustración de los milicos, que ya tenían cálculos sobre lo que iban a hacer con el producido. Fui invadido por cierto ánimo festivo que me impulsó a burlarme de mis compañeros en desgracia y, como parte de la provocación, les dije que me iba a guardar los paquetes como recuerdo del gran golpe al crimen organizado.
De noche, en casa, me puse a mirar los envoltorios y, para mi sorpresa, vislumbré el hilo de una investigación harto más interesante. Algunas de las hojas eran cuentos que parecían impresos por su propio autor a juzgar por las correcciones hechas con lapicera que se veían. Logré ordenar algo y pude vislumbrar una historia. Hablaba de algunos asesinatos y también se nombraban cuentos policiales. Un título era “El ladrón robado” y algunas cosas que pude descifrar me hicieron sospechar que esos papeles habían sido robados y que había una historia con historias e historia que reconstruir. Podía servirme como una historia que me dispuse a buscar para robarla.
La droga estaba envuelta en papeles de los más diversos. Una rareza.
Yo era una rareza en el departamento policial, un detalle curioso. Pero me dieron grado y eso importa en el funcionamiento de la máquina.
No era lo normal. Faltaba la prolijidad del gran traficante. Lo común es que los paquetes sean bastante homogéneos, que se note la mano del embalador. Éstos eran desde todo punto de vista desparejos, como si varios hubieran intervenido en la tarea, sin plan. ¿A quién se le ocurriría y para qué? Quizá fuera una señal y había que analizarla. Se lo dije a los milicos que, expeditivos, ya habían apartado su porcentaje. Empecé a tomar los paquetes uno por uno, tratando de ver por lo menos qué papeles hacían las veces de envoltorios. Encontré hojas de los anuncios clasificados, papeles de dos o tres fábricas de pastas, ofertas de supermercados, deberes de escolares y materiales impresos de los tipos más raros. Se me cayó un paquete, que soltó su polvo en polvorosa. Los perros adictos ni se movieron, como no se habían movido en todo el procedimiento. Supe que nos habían cantado errado. Los papeles variopintos envolvían talco que nos mojaba la oreja.
Me divirtió la frustración de los milicos, que ya tenían cálculos sobre lo que iban a hacer con el producido. Fui invadido por cierto ánimo festivo que me impulsó a burlarme de mis compañeros en desgracia y, como parte de la provocación, les dije que me iba a guardar los paquetes como recuerdo del gran golpe al crimen organizado.
De noche, en casa, me puse a mirar los envoltorios y, para mi sorpresa, vislumbré el hilo de una investigación harto más interesante. Algunas de las hojas eran cuentos que parecían impresos por su propio autor a juzgar por las correcciones hechas con lapicera que se veían. Logré ordenar algo y pude vislumbrar una historia. Hablaba de algunos asesinatos y también se nombraban cuentos policiales. Un título era “El ladrón robado” y algunas cosas que pude descifrar me hicieron sospechar que esos papeles habían sido robados y que había una historia con historias e historia que reconstruir. Podía servirme como una historia que me dispuse a buscar para robarla.
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