martes, 10 de julio de 2007


Bar infinito


Era el cumpleaños de Mónica, una amiga mía, y, tanto Hernán como yo, nos encontrábamos en carencia de nuestras respectivas novias; la mía fue aquella que poco antes de que me fuera a Treinta y Tres en bicicleta se fue sin despedirse, de la de él hablará él si quiere. Hacía como diez meses que le había prometido a Mónica y al Gordo, el marido, un loco macanudo, que iba a llevar unos “choricitos” para hacer un asado. Elegí el día del cumpleaños para hacer mi entrada triunfal a la voz de “acá está el hombre del chorizo”, lo que levantó risas en todos menos en uno que había estudiado para cura y que después me paró por la calle para preguntarme, en tono confidencial, si yo andaba con mi amiga. Además de los chorizos, les llevé al otro como peludo de regalo y lo cierto es que el cumpleaños estuvo muy bueno, decorado por los pintorescos trazos a base de alcohol de un mamado que hablaba de su participación en no sé qué lista política y el Gordo que juntaba adhesiones para ir a buscar más bebida. Pero terminó temprano y, como teníamos todavía ganas de fiesta, decidimos arrancar en bicicleta rumbo a Punta del Este, un día de semana, para buscar joda. Las calles vacías y largas nos fueron haciendo prever lo que nos encontraríamos: nada. Y tuvimos que volvernos, pero todavía con las ganas.
Ahora que lo pienso, ¿habrá cerrado el día del viento? Hacía casi una semana se había levantado un viento huracanado a lo largo de toda la costa, uno de esos que hacen que la unanimidad de los viejos diga que nunca vieron una cosa así. Casi no se hablaba de otra cosa que del viento y todo lo relacionado con él: la imprevisión de los de meteorología, y fijate que los brasileros habían dado la alerta y acá no, los destrozos, las clases que se habían suspendido, la gente que cobraba hasta cien dólares por sacar un árbol caído, los robos en las casas de electrodomésticos, los que murieron, los que andaban en la calle y casi fueron decapitados por chapas de zinc que volaban como papeles y los que nos quedamos en casa y al otro día salimos a sacar fotos. Lo cierto es que el Bar Viejo París, pintado con el nombre y los colores de un candidato, se caracterizaba, además de las guitarreadas desprolijas que había de tanto en tanto, por estar abierto las veinticuatro horas del día (y de la noche si es necesario, como dijera un poeta), siempre con su clientela firme de hombres tambaleantes, con el aderezo de algunas mujeres proveedoras que vivían a costa de la estampa derrotada de estos navegantes sin más puerto ni nave que un bar infinito que, acaso, el día del viento haya cerrado las puertas para conservar los mamados en tierra y no por los aires.
El Viejo París estaba a escasas cuadras de casa. Y, a falta de otras opciones, entramos a jugarnos un pool y tomarnos unas birras. Yo que, cuando ando más o menos bien, adopto una actitud concentrada, miré de reojo al tipo que hablaba con Hernán porque andaba bastante claro y mi mundo era cuadrado y verde. Además, si no le hablan a uno, no hay que meterse, me parece. Hasta que Hernán se arrimó para contarme cuál había sido la conversación con el desconocido. Le había ofrecido un discman por cien pesos, una ganga. Robado. Y sí, mirale la pinta. Dejalo quieto. Y el otro que se entusiasma. Que vamos. Que bueno, te acompaño. Es acá cerca. Las bicis quedan trancadas. Bueno, dale. Y allá salimos caminando con el sujeto. Bajito, hiperactivo, con pinta de fisurado por droga, sucio, hablaba a borbotones. Richard, así dijo que se llamaba. Yo no soy rastrillo, conmigo es todo legal, la hacemos cortita, y empieza a contar retazos de su historia, mi viejo estuvo en Santiago Vázquez y yo estuve adentro también, perdí mal, pero soy legal yo, y que la madre se prostituía y se puso a contar lo que pasaba en la cárcel con los violadores, los policías y los cuidacoches, la ley de las tres “p”: palo, pija y pileta, y yo que hablaba en portugués porque había empezado como en chiste cuando jugábamos al pool y lo había mantenido, mitad por jugar y mitad por poner distancia con el chorro.
Cuando cruzamos Bulevar Artigas, el loco nos dijo que podía ir con uno solo porque no sé qué de la madre, que no podía caer con mucha gente y medio que no me gustó nada. Vamos los dos. O va uno solo o no sale nada, es cortita, mirá que soy legal. Se le notaba la ansiedad. Y Hernán, que era el interesado, decidió que iba él y yo quedaba esperando en la esquina. Los seguí con la mirada hasta que doblaron, como a media cuadra de ahí. Y me quedé solo en el medio de la noche. Por allá se ve pasar un auto de los milicos, despacito, patrullando. De repente se siente un ruido como un tiro. El tiempo se solidifica. Todo es una amenaza y el miedo por lo que pueda pasarle al otro.
Por la esquina siguiente aparece Hernán. El Richard le había dicho a Hernán que tenía que ir a buscar los aparatos a no sé dónde. Bueno, le digo, vos vas arrancando y yo voy a buscar las bicis al bar, por las dudas. Me voy corriendo hasta el bar, a tres o cuatro cuadras, a levantar las bicis. ¿Este loco no nos habrá distraído para afanarnos las bicis y nosotros caímos como unos giles?, ¡qué nabos! Pero no, cuando llego las bicis están ahí. Las destranqué y me las llevé por la bajadita de Velázquez rumbo a casa. Me lo encuentro a Hernán en la esquina del liceo. El Richard no había aparecido y lo estaba esperando. Le di la bici de él y decidimos vigilar dos esquinas, uno a cada lado. Pasa un minuto escaso y lo veo, el pasito eléctrico del malviviente. Hago una seña para que el otro venga. ¿Y, los tenés? No, tengo que ir a casa porque están en unas cajas... Si uno mira los sucesos a la luz del tiempo, hay puntos que saltan en el tejido y dejan ver la verdadera trama. Pero claro, en el momento en que uno no es un observador de la prenda sino que es las manos, la lana y las agujas, todo al mismo tiempo, no se da cuenta de qué es lo que va saliendo. Ahora teníamos que cruzar Bulevar de nuevo, a la casa de la madre. Cruzamos Bulevar y el Richard, al llegar a la esquina, nos dijo que quería doscientos. Mientras el ofertante iba y venía, deliberamos con Hernán casi sin palabras y allí obró el “perdido por perdido”. Volvió y le dimos la plata. Nos dijo que teníamos que cruzar Bulevar de vuelta, a esta altura ya no sé por qué razón impregnada de alucinógeno. Yo mismo lo llevé en el cuadro de la bicicleta, tenía olor a mugre y sudaba unos nervios rancios. Hablaba algo que no recuerdo pero, a la luz del tiempo, que oscurece lo verdaderamente oscuro, supongo que no era más que relleno para el corto viaje. Nos dirigió hasta el costado de un almacén que estaba abierto las veinticuatro horas -todo en la zona parecía abstenerse del sueño- y nos dijo que esperáramos mientras cruzaba la calle y se metía en una especie de palomar negro. Era uno de esos complejos habitacionales construidos para reubicar gente de asentamientos. Como una especie de tubo sin luz cuyas ventanas semejantes a agujeros parecían mirarnos. El tiempo, a las cortas y con los latidos acelerados, se congela en un témpano caliente. Un monstruo hecho de ojos, eso es la noche de lugares veinticuatro horas. Un panzón de rojo y pelo teñido de amarillo se acerca con gestos prepotentes. ¿Qué están haciendo acá? Estamos esperando al Richard. Esta es mi cuadra, pausa y gesto rancio, y no quiero saber nada con ese chupapija, ademán cortante, escuchen un buen consejo, dos puntos, vuelen. Y el instinto de sobrevivencia nos revistió de una deferencia rápida que puso fin a nuestro negocio.
Al Richard lo vimos varias veces en la vuelta. Al panzón también. El bar sigue abierto. El veinticuatro horas también. El robo al hombre por el hombre persiste. Nuestra candidez no.

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